RESUMEN DEL TALLER “EN LA CÁRCEL, LUCHANDO POR LA LIBERTAD”, organizado por las asociaciones La Comuna y Goldatu.

RESUMEN DEL TALLER “EN LA CÁRCEL, LUCHANDO POR LA LIBERTAD”, organizado por las asociaciones La Comuna y Goldatu.

Introducción

Así como entendamos nuestro pasado, así construiremos en el futuro. En muchos casos se trata de conocer para no repetir; en otros, en recordar para hacer justicia; en otros, en narrar para explicar un poco mejor quiénes somos y en qué mundo habitamos. El tiempo, pasado-presente-futuro, se convierte entonces en una cuestión ética y política: hay un cierto deber de memoria, como cuando Luis Puicercús recuerda en su libro sobre su estancia en las cárceles del franquismo, que desde el primer día que entró en la cárcel, se propuso tomar nota de lo que fuera viendo y lo que le fuera sucediendo, para contarlo algún día.

El elemento central que vincula el pasado de las cárceles franquistas, con el presente de la actividad de la asociación de expresos La Comuna, no es de todas formas la memoria en sí; la memoria no es el fin, sino que es un medio, un medio de resistir. Resistir es el verbo que define a los presos del franquismo y lo que define a la asociación La Comuna. La resistencia es el puente que se tiende entre el presente y el pasado.

Resistir en el pasado, resistir en la cárcel

Lo que define al preso o presa política es su capacidad asociativa y solidaria para juntar sus esfuerzos con los de otros presos políticos y resistir así a un régimen de castigo, de vigilancia y de control franquistas. El aparato de Estado franquista, y todos sus dispositivos institucionales (escuelas, universidades laborales, fábricas, cárceles, iglesias, etc.) no se dedica únicamente a reprimir. Se dedica sobre todo a disciplinar, a normalizar, a clasificar, a controlar a la población, a mantener el orden y a aislar, amputar e incluso asesinar de manera cruel a todo aquel que se salga del modelo establecido. Aunque durante el tardofranquismo el modelo social implantado se ha abierto relativamente hacia formas más capitalistas, el ideario nacionalcatólico sigue siendo predominante. Pero desde los años 60, reemergen con fuerza distintos movimientos de oposición desde la izquierda, en un espectro y con una variedad de proyectos políticos muy amplia: PC, Comisiones, maoístas, troskistas, internacionalistas, nacionalistas, etarras, anarquistas, feministas, reformistas, socialdemócratas, etc. El preso político inicia su andadura en la calle, con los delitos más frecuentes de asociación ilícita y propaganda ilegal.

Por su parte, el aparato franquista se sirve de distintos dispositivos y agentes de vigilancia, como la policía y la brigada político-social, de legitimidad jurídica, como el Tribunal de Orden Público, de tortura e interrogatorio, como la Dirección General de Seguridad, y de encierro y separación del resto del cuerpo social, como las cárceles y penales de cumplimiento. Y es aquí donde una institución social única y singular como las comunas de los presos juega un papel fundamental: las comunas son verdaderas instituciones sociales creadas al interior de otra institución como son las cárceles. Al poder o dispositivo institucional de la prisión franquista, le brota en su interior otro poder o dispositivo institucional que funciona como contra-poder, que refuerza la autonomía de los presos políticos dentro de las cárceles, y les dota de un dominio del espacio, del tiempo y de las prácticas dentro de la prisión.

Así, para analizar la lucha de los presos políticos dentro de las cárceles franquistas, hay varias líneas que interesa analizar: el espacio y la materialidad, el tiempo y la afectividad, las prácticas o formas de hacer y de decir las cosas, los distintos agentes sociales, las distintas formas del poder represivo y del deseo resistente, y las distintas formas de dar significado a la experiencia, de construirse una ética colectiva.

Espacios represivos: una serie de espacios delimitados por una construcción que es obra de un régimen fascista y represivo. Espacios del terror, como la DGS. Espacios de aislamiento, como el periodo sanitario o las celdas de castigo. Espacios provisionales, como las cárceles provinciales donde se quedaba a espera de juicio durante un tiempo indeterminado, como la cárcel de Carabanchel o la Modelo de Barcelona. Espacios penales de cumplimiento, como Segovia, Soria, Jaén, Puerto de Santa María, etc. Son espacios que cumplen una función no sólo de detención, vigilancia y castigo de presos, sino que también hacia fuera lanza un mensaje de poder. Y sobre todo, que mantienen al militante político fuera de las calles, y pretenden que cuando vuelva a ellas renuncie a su ideario, que se atenga a ser un sujeto apéndice del Estado nacional-católico-capitalista. Además, cada cárcel articula toda una distribución de los espacios dentro del espacio general de la prisión, y en esa distribución de los espacios se refleja ya la lucha de los presos contra la disciplina y el castigo penal. Por eso, podemos encontrar celdas corrientes o de castigo, garitas, centros de vigilancia, oficinas administrativas, talleres y cocinas, zonas de comunicación con familiares y abogados, duchas y baños, quizá un cine o una sala de televisión… Pero también, en el espacio de los presos políticos, podremos encontrar celdas-biblioteca o celdas-cocina o celdas-aula, el patio, los escondites para documentos, etc. En relación con todos espacios, también hay que tener en cuenta toda una materialidad conformada por una multitud de objetos en la cárcel: dinero, vino, resistencias e infiernillos, libros, periódicos, las camas, sillas y mesas, ollas, tabaco, ropa, relojes, balones, pelotas de frontón, ajedrez y cartas, y un larguísimo etcétera. Hay todo un flujo de materia y energía circulando por la cárcel, y las luchas de los presos vienen también por controlar estos flujos de objetos y de recursos materiales y energéticos. Precisamente la Comuna funciona como un centro de auto-gestión de estos objetos y materialidades, y esta administración autónoma, esta relativa independencia económica sustentada en la solidaridad de fuera, es la que permite a los presos organizarse a expensas de la dirección y administración de la cárcel.

Prácticas: prácticas específicas de los presos políticos son los plantes, las huelgas de hambre, los escritos de protesta y los actos desafiantes, los actos solidarios, los seminarios de marxismo, las charlas y debates políticos, las canciones revolucionarias, etc. De tal forma que por el control de los flujos de materia y energía, y por la utilización de los espacios de una manera diferencial a través de prácticas que ningún otro agente de la prisión practica, los presos políticos convierten el espacio en su territorio particular, todo un mundo característico del preso político.

Colectivos: el colectivo de presos políticos se definen por su capacidad para organizarse y oponerse al dispositivo disciplinario de la cárcel, y para profundizar en su formación política e ideológica. Y desde luego, dentro de este colectivo de presos políticos, encontramos muy diversas tendencias: distintas ramas del comunismo (stalinismo, maoísmo, troskismo, internacionalismo…), anarquismo, nacionalismo, reformismo… Hay que tener presente que el colectivo de los presos políticos es heterogéneo, y que también entre ellos se dan conflictos y disputas por el sentido de las prácticas y por el uso de los espacios. Aquí conviene introducir además el elemento diferencial de las presas políticas. Una presa política del franquismo sufre un doble estigma: por su militancia y disidencia política, y por su condición de mujer. En gran medida, la luchadora antifranquista no sólo desafiaba al poder fascista sino también al poder patriarcal. También los presos vascos tenían su especificidad, como nos relató Sabin Arana.

Poder y deseo: La dinámica que mueve esta lucha de los presos y presas políticos en las cárceles del franquismo contrapone un poder de aislar, vigilar, castigar, controlar y clasificar todo tipo de conductas desviadas respecto de la norma nacionalcatólica; y un deseo de diferenciarse respecto de otros presos, de gestionar la existencia en la cárcel de manera autónoma, de resistirse a esa clasificación y autodenominarse como presos políticos y de

resistir a la vigilancia y al castigo a través de la solidaridad y el apoyo mutuo. El poder franquista se articula en el dispositivo carcelario tratando de minar la personalidad de los sujetos políticos; mientras que el deseo político, solidario y comunitario de los presos viene a dar un soporte a esa personalidad, e incluso la refuerza, de ahí que en algunos casos la función de la institución penal se vea invertida y subvertida, y se hable entonces de la Universidad, y se conciba la estancia en prisión como un periodo formativo y de profundización en la militancia política.

Comuna ética: mediante la institución social genuina de las comunas, se logra trascender las diferencias políticas ideológicas, se trasciende el propio marco de la dialéctica comunista, y se construye un mundo en común, administrado por lo que ellos llamaban una “madre” de comuna, el encargado de que el almacenamiento y el reparto sea adecuado y equitativo. Hay entonces aquí una cierta figura simbólica del matriarcado, hay toda una potencialidad cooperativa basada en el apoyo mutuo y en el énfasis por la formación crítica y ética de sus miembros. Se produce así la paradoja de que la cárcel se convierta en una escuela de libertad e igualdad que va a servir de escudo frente al maltrato de los agentes del régimen represor. Resistir va por tanto más allá de un movimiento reactivo; resistir se convierte en un aprendizaje, en un intento de los presos políticos de convertirse en sujetos éticos.

Resistir en el presente: la asociación “La Comuna” y “Goldatu”

Toda esta historia de lucha y resistencia en las cárceles del franquismo llega hasta la ley de amnistía de octubre de 1977. Por el camino han muerto varios, entre ellos Puig Antich o los fusilados de septiembre del 75, y han sufrido encierro y tortura muchos. Durante la última etapa del franquismo pasan por las cárceles unos 5.000 presos políticos, la mayoría acusados de asociación ilícita y propaganda ilegal. Pero curiosamente, la última ley de amnistía llega cuando la mayoría si no todos están ya en la calle. Paralelamente, la ley supone que todos los agentes del Estado franquista, ministros, jueces, policías, funcionarios de prisiones, se vean eximidos de responsabilidad por sus crímenes. De tal forma que la tan demandada amnistía para los presos se vuelve en su contra, y se convierte en una ley de punto final y en una fuente de amnesia colectiva.

Habrá que esperar hasta finales de los años 90, con el PP en el gobierno, para que ciertos pasados como este vuelvan a hacerse públicamente presentes. La política pública de la memoria que lleva a cabo el PP, parece pretender un cierto lavado de cara de la dictadura franquista. Esto se refleja en actos públicos, en instituciones como la Fundación Francisco Franco, en libros de texto y libros de historia, en intervenciones públicas en televisión y radio, en una serie de discursos (y si lo traemos más al presente, los homenajes a Fraga, los Pío Moas, Jiménez los Santos, el diccionario de la Real Academia de la Historia…).

Por su parte, el PSOE vive en horas bajas, y le interesa jugar una baza electoralista retomando ciertas demandas sociales que nunca dejaron de estar ahí, pero que no habían tenido el espacio público suficiente como para visibilizarse. Como de la nada, emergen diversos agentes que sufrieron la represión franquista, los más llamativos, los de las fosas.

La geografía española se puede observar entonces como un mapa lleno de huellas de la violencia política y la represión. Indudablemente, las huellas más dolorosas son las de la guerra civil, y tenemos huellas o marcas territoriales como las que encontramos en el solar de Carabanchel (placas conmemorativas, carteles con los nombres de los presos allí encerrados, etc.). Pero hay huellas más recientes, todavía hoy tenemos huellas que no son las de la tierra, los huesos, los muros derribados. Son huellas en los cuerpos, huellas capaces de hablar y de narrar. Todavía hay muchos presos y presas políticos y del franquismo vivos, que pueden

recordar, narrar, actuar en el presente en relación con su pasado, y proyectar nuevas estrategias de cara al futuro.

Así que desde el 2010, la asociación La Comuna proyecta en este nombre tan simbólico una serie de capacidades que habían permanecido latentes durante largo tiempo, reuniendo de nuevo a varios de los expresos y presas del franquismo, y retomando su capacidad de lucha y resistencia, su deseo de libertad y su proyecto ético basado en la solidaridad y el apoyo mutuo. Todos sus miembros son por supuesto antifascistas y antifranquistas, y la mayoría de ellos también se consideran anticapitalistas. Denuncian además esta perversa asociación entre fascismo y capitalismo que permitió que los beneficiados políticos y económicos de la dictadura hayan seguido aumentando su nómina de ingresos durante todos los años de la democracia. Y sobretodo señalan con el dedo, cuarenta años después, a todos los policías torturadores y jueces que sustentaron el régimen legal de la dictadura, y que aplicaron una violencia social prolongada durante décadas que impidió que el tránsito hacia la democracia supusiera una verdadera ruptura con el régimen anterior.

A pesar de la distancia generacional, a pesar de las diferencias en el contexto histórico, se dan numerosos paralelismos entre el último franquismo y la época actual. El poder político y financiero establece una alianza para explotar al trabajador, para absorber su plusvalía, y a la vez camina progresivamente hacia una suspensión del Estado de derecho y el establecimiento de un régimen de vigilancia, represión, castigo y control. Por otro lado, los movimientos sociales aumentan su actividad y buscan distintas formas de contrarrestar ese poder, que es descaradamente capitalista y potencialmente fascista, mediante nuevas formas de protesta y cooperación. Y es así como en movimientos como el 15M va cobrando fuerza la idea de que la Transición fue un engaño; y esto confirma la sensación que ya en los años 70 tuvieron muchos de los presos políticos. Y por otra parte, necesariamente aparecen plataformas antirrepresivas y de desobediencia civil, y de nuevo los presos se ven en cierta forma reflejados.

La Comuna como institución social trasciende entonces los muros de la prisión, y se convierte en un movimiento asociativo abierto y solidario, que compone un imaginario social basado en el altruismo y la cooperación que aspira a convertir lo sentido en las cárceles del pasado franquista, en un sentido y un significado útil para el presente, que vaya más allá de las viejas rencillas ideológicas, y que logre integrar a todo aquel interesado en resistir, en luchar por un mundo más libre y justo donde las prisiones no tengan ya cabida, donde la política como confrontación no sea lo fundamental, sino que lo primero sea la capacidad colectiva de construir una ética de los hombres y mujeres libres.

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